Existe una forma particularmente destructiva de violencia psicológica que ocurre cuando un hombre ha cometido errores en el pasado y comienza a creer que, por ello, ha perdido el derecho a ser tratado con respeto.
Por: Marcela del Sol-Hallett, Perfiladora criminal, escritora
Quizás fue infiel, mintió, fue adicto, tomó decisiones irresponsables, dañó la confianza de su pareja o protagonizó conductas de las que hoy se arrepiente profundamente, reconociendo su malas decisiones como tales -sin el descaro de llamarlas errores- experimenta remordimiento y hace todo lo posible, incluso minimizando sus necesidades hasta desaparecer del horizonte hogareño, para reparar el daño causado.
Sin embargo, cuando esos acontecimientos se transforman en una justificación, tácita o explícita, permanente para humillarlo, insultarlo, desvalorizarlo o castigarlo emocionalmente, la relación puede ingresar en una dinámica de abuso.
Desde la psicología, resulta fundamental distinguir entre culpa adaptativa y culpa desadaptativa.
La primera permite reconocer una conducta incorrecta, asumir responsabilidad y desarrollar comportamientos reparadores. La segunda aparece cuando la culpa se vuelve persistente, desproporcionada o generalizada, hasta afectar el autoestima y la capacidad de establecer límites.
El hombre deja de pensar tomé pésimas decisiones y comienza a creer soy un error y solo merezco lo peor.
Esta transformación refleja el desplazamiento desde la culpa hacia la vergüenza internalizada, un proceso en el cual la persona ya no evalúa negativamente una conducta específica, sino su propia identidad.
En determinadas relaciones abusivas, la pareja puede instrumentalizar esa vulnerabilidad mediante reproches reiterados, descalificaciones y referencias constantes a acontecimientos pasados, incluso cuando estos ya han sido reconocidos, abordados y, consistentemente, resueltos.
Es entonces en que establece una peligrosa asimetría moral: uno de los integrantes de la relación adquiere, de facto, el papel de juez permanente, mientras el otro permanece atrapado en una posición de deudor emocional.
El hombre puede desarrollar autoatribuciones negativas, autorreproche excesivo y una percepción distorsionada de su responsabilidad. Comienza a interpretar cada episodio de maltrato como una consecuencia legítima de sus errores anteriores.
Me insulta porque la hice sufrir.
Me humilla porque destruí su confianza.
No tengo derecho a reclamar después de todo lo que aguantó
Estas creencias pueden funcionar como mecanismos de racionalización del abuso y favorecer la permanencia en relaciones perjudiciales. Cuando los intentos de reparar el pasado nunca parecen suficientes y cualquier esfuerzo termina en nuevas humillaciones, puede desarrollarse un patrón compatible con la indefensión aprendida: la percepción de que ninguna acción permitirá modificar la situación.
También puede aparecer disonancia cognitiva, cuando el hombre intenta reconciliar dos experiencias contradictorias: amar a su pareja y reconocer que esa misma persona lo está dañando. Para reducir el conflicto interno, puede minimizar la violencia, justificar a la agresora o atribuirse toda la responsabilidad.
O lo que resulta peor: la incoherencia entre el no amar a su pareja, pero permitirle llenar cada espacio de su vida, cercernar su oportunidad de felicidad y desarrollo propios, justificando a la violentadora como quien siempre será su víctima.
En ciertos casos, la alternancia entre episodios de maltrato y momentos de afecto, que los agresores aprovechan infaltablemente, puede fortalecer el apego y dificultar la separación. Este fenómeno puede comprenderse mediante los mecanismos de refuerzo intermitente, aunque no toda relación con estas características constituye necesariamente un vínculo traumático. Lo más preocupante ocurre cuando el hombre termina confundiendo la reparación del daño con la aceptación del castigo.
Pero la responsabilidad afectiva no es una sentencia de sufrimiento perpetuo.
Haber sido infiel no significa merecer humillaciones. Haber mentido no significa perder el derecho a la dignidad. Haber tomado decisiones equivocadas no convierte a una persona en propiedad emocional de quien resultó herido.
La pareja afectada tiene derecho a expresar su dolor, establecer límites, exigir cambios o terminar la relación. Lo que no adquiere es un derecho ilimitado a degradar psicológicamente al otro, ni a arrinconarlo hasta que abandone cuaquier posibilidad de libertad, felicidad y dignidad lejos de ella.
Existe una diferencia esencial entre pedir responsabilidad y ejercer dominación mediante la culpa. Desde una perspectiva clínica, es igualmente importante evitar que el arrepentimiento legítimo se convierta en autocastigo crónico, porque este puede mantener al individuo atrapado en una identidad definida exclusivamente por sus errores.
La reparación saludable exige responsabilidad, cambios conductuales y, cuando sea posible, reconstrucción de la confianza. No exige renunciar a la propia integridad psicológica.
Un hombre puede haber sido responsable del dolor que provocó en el pasado y ser, al mismo tiempo, víctima de violencia psicológica en el presente. Ambas realidades pueden coexistir sin anularse.
Y esa distinción es fundamental porque reconocer el daño que hemos causado demuestra responsabilidad, pero aceptar que alguien nos destruya emocionalmente como forma de compensación no es arrepentimiento, ni amor, ni justicia.
Es convertir la culpa en una condena sin fecha de término. Y ningún error del pasado debería transformarse en una autorización permanente para el maltrato y el maltrato, la violencia, siempre escala.
