La dolorosa paradoja de ser suficiente para todos, excepto para el amor, en una era de soledad femenina.
Por: Marcela del Sol-Hallett, Perfiladora criminal, escritora
Hace años compraba juegos de loza y mantenía una colección cuidadosa de encaje en el primer cajón de mi closet. Al pasar del tiempo, la huella de mis labios secos y gruesos ha moldeado la cerámica teñida de café, aunque tenga cuatro días para intercambiarla.
Los calzones coquetos han sido desplazados, planchados, por el peso del algodón matapasiones que apilo como en una suerte de ritual de olvido, pero esperanzado. Me entiendes? Con la resignación de que nadie vaya a quitármelos con los dientes antes de pasear su lengua por mi labia, pero conservando la idea de que un día sea mi turno el despertar con el calor de un cuerpo a mi lado, para meterme bajo las sábanas y celebrar su presencia con un fellatio, antes de lavarme los dientes.
Soy esa mujer con la que los hombres construyen fantasías secretas mientras son apaleados por la malentendida lealtad esclavizante que resulta de confundir la historia común, con amor. Aquella que la cobardía ha urdido con inteligencia hasta interrumpir el paso del oxígeno al cerebro, con el intento de cercenarles el poder de reflexión.
También, soy aquella cuya mera presencia les desata los enanos internos de la obsolescencia. Soy demasiado, mi intensidad les apabulla incluso lo que soñaron, eso que traigo conmigo espontáneamente. Confronto, no soy sumisa, hablo mucho y fuerte, expreso mi desacuerdo, no me subyugo a la injusticia, lucho, construyo, pago la cuenta, me ha acostumbrado, la decepción y la vida a no pedir favores, a rasgarme la piel encontrando maneras, a desgastar la fisiología de mi corazón a través de la entrega incesante, a rescatarme del silencio de las noches en vela que solo es interrumpido por los gemidos que escapan de llorar con desgarro. El llanto que conocemos las mujeres solas.
Las mujeres que sabemos amar.
Las que nunca somos elegidas.
Pero, somos a quienes llaman cuando la vida se rompe, a quienes confían secretos que jamás han develado a nadie, mujeres cuya opinión respetan, cuya compañía buscan, cuya ausencia notan. Cuya pérdida, antes o temprano, va a sobrevenir con oscuridad y se convertirá en el completo opuesto a la realidad, del que la dejó partir, con un tipo de pena parecido a la muerte.
Aun así, lo idílico que nos envuelve, eso mágico e indescriptible, suele convertirse en una condena siempre procedida con un pero. Siempre hay un pero.
Nunca alcanza la valentía a acostumbrarnos a tantos besos en la frente hasta quedar dormidas, sin señales de alerta ni temor al abandono. Siempre es la cobardía la que les gana. No a nosotras, a ellos.
Soy la mujer que hace diez años comenzó a preguntarse qué terrible defecto debe esconderse detrás de todas sus virtudes para que tantos reconozcan su valor y la admiren y, aun así, nadie termine diciendo que soy yo, que soy yo la elegida.
Somos las mujeres que existen a destiempo con las eras de los amores instantáneos y débiles, porque nacimos entendiendo que el amor, aquello básico, aunque escasamente encontrado, no es de a poco. Es entero.
También, nos adiestraron a creer que siendo buenas seríamos amadas.
Las mujeres como yo, entendimos a punta de astillas en el corazón que el amor no funciona por acumulación de méritos frente a los que llegara alguien a reconocerlos.
El amor humano tiene una crueldad fundamental, Parisi no lo incluiría en ningún discurso: no es una meritocracia.
Incluso, la investigación sobre preferencias de pareja contradice la idea simplista de que ser buena resulta poco atractivo. Bondad, inteligencia y confiabilidad aparecen consistentemente entre las características valoradas en parejas a largo plazo. Algunos estudios encuentran que hombres y mujeres consideran la bondad y la inteligencia características esenciales.
Por eso la tragedia no consiste necesariamente en que ella tenga algo malo, sino en descubrir que puede no haber nada malo en ella. Y eso, extrañamente, puede doler todavía más.
Un defecto puede corregirse. Hay reemplazo y repuesto para casi todo, hoy en día. Pero ¿qué hace una mujer cuando le dicen que es hermosa, buena, inteligente, admirable, divertida y extraordinaria, pero nunca elegida?
Mis hermanas y yo podemos hacer nada.
Ésa es la respuesta que nos cruza, como máquina tatuadora, el corazón, el cerebro, la pelvis y las ganas. Incluso las de vivir.
No existe una versión suficientemente perfecta de nosotras mismas capaz de obligar a otro ser humano a enamorarse. No. Justamente, el amor debe transitar el camino de un corazón a otro, completamente en libertad. Tampoco existe la capacidad de desarraigar a un otro del hábito mortal (porque de a poco va asesinando lo propio) de quedarse donde duele, solo porque es familiar. De seguir sosteniendo, con el dedo pulgar, la fundación de un hogar donde la tolerancia carece de lógica, de respeto. Donde el desgano y la costumbre han tallado mensajes ocultos que dirigen los actos, como cuerdas en los brazos de marionetas vestidas de negro.
Esta mujer observa entonces algo que parece incomprensible. Los hombres que se alejaron de ella sí son capaces de forjar relaciones, pero con otras mujeres.
Generalmente, son relaciones conflictivas o el regreso a relaciones que le hicieron daño porque la mujer a la que sí le toma la mano ha utilizado todos los trucos manipuladores cuando la amenaza de verlo sonreír, mirando los ojos de otra mujer, se le ha presentado en la punta de la nariz.
Manipulan para no perder al objeto de su burla y agresiones. El objeto, porque la violencia nunca lo ve como persona.
La psicología de las relaciones no permite concluir que el maltrato produzca amor ni que los hombres prefieran universalmente a mujeres crueles. Al contrario, la investigación experimental sobre apego ha encontrado una preferencia explícita por potenciales parejas seguras frente a estilos inseguros. El error está en imaginar que la elección amorosa constituye un juicio objetivo sobre el valor comparativo de dos mujeres.
No lo es.
Un hombre que elige a otra mujer no ha emitido un veredicto científico diciendo: ella vale más que tú.
Solamente ha elegido una relación. Son cosas radicalmente diferentes, pero intenta explicárselo a mi corazón…
Entonces, se levantan esta mujer y sus hermanas, en un canto solitario y penoso ¿Por qué nunca nos eligen? Aquí, la herida deja de pertenecer a una relación.
Empieza a pertenecer a la identidad.
El rechazo reiterado puede reactivar experiencias mucho más antiguas de no habernos sentido vistas, valoradas o emocionalmente sostenidas. Desde esa historia, una nueva pérdida puede experimentarse no sólo como el final de una relación, sino como confirmación de una conclusión devastadora: si realmente tuviera valor, alguien se habría quedado.
Entonces cada hombre deja de ser solamente un hombre. Se convierte, sin saberlo, en un jurado.
Entonces cada partida pronuncia la misma sentencia: yo, no.
Otra vez yo no.
Nunca yo.
Nunca la mujer que soportó abusos, divorcio, pobreza, pérdidas, enfermedad, abandono o años enteros resolviendo sola su existencia y que puede derrumbarse ante palabras aparentemente insignificantes, que pueden sonar de muchas maneras como, por ejemplo: no puedo darte lo que quieres.
Pero esta mujer no escucha únicamente esas palabras. A ellas se acoplan todas las anteriores.
En las voces de todos los hombres.
En todas las despedidas.
Todas las veces que fue suficientemente buena para ser admirada, deseada, consultada, buscada, abrazada, necesitada.
Pero no elegida.
Haste el día en que sucede lo peor y conocemos a alguien con quien finalmente todo se siente feliz y seguro, sin esa felicidad cinematográfica que necesita música envasada de fondo, sino las risas en unisonó.
A esta mujer le toca la felicidad más peligrosa. La que va zurciendo con perfección las llagas antiguas, la que se desliza con delicadeza sobre las cicatrices, la que besa la profundidad del dolor, sin miedo a los monstruos, la que, sin necesidad de pedir, da todo. Aquella de manos entrelazadas y nuevas experiencias, de sentires sin nombre, por nunca antes haberse paseado ni en la luna ni en el sol conocidos.
La que descubre un cuerpo dispuesto a hacer de esta mujer el objeto gustoso de todos los talentos que trae consigo. La que se entrega completa a hacerle feliz. Todo aquello que crece, escondido, a lo largo de los años y te hunde en mareas de hermosura, incluso en los momentos llorosos, cuando posa los dedos en tu rostro por primera vez.
La felicidad que nada por rincones tuyos que no conocías.
Esta mujer y sus hermanas entonces sonríen, pensando que serán amadas.
Que así es como se siente el amor. Es cuando comprendemos todo lo que nos había faltado y en esta carencia, antes ignorada, es donde ese amor se torna infinitamente precioso.
Aunque terriblemente peligroso, también.
Ahora entre mi pecho y mi espalda, atesoro algo que puede ser perdido.
Pero esta mujer no sabe de juegos. No ha practicado trucos que son infalibles a la hora de meterse y jugar en la cabeza de alguien.
Y aunque él es genuinamente feliz con ella y de maneras que nunca concibió posibles y aunque tampoco quiere perderla, no sabe. No sabe si puede, ni sabe cuándo.
No sabe qué hacer. Entonces ella comienza a vivir dentro de esas palabras: él no sabe.
La incertidumbre relacional no es necesariamente una pequeñez psicológica. Estudios la han asociado con malestar psicológico y, experimentalmente, la incertidumbre respecto de la pareja se ha relacionado incluso con mayor reactividad de cortisol durante interacciones hirientes.
Para alguien cuya historia emocional contiene repetidamente la experiencia de no ser elegida, de ser abandonada, la ambigüedad puede ser particularmente cruel. Porque mientras él piensa que está pidiendo tiempo, ella siente que se ha dictado sentencia.
Él está intentando entender lo que antes nunca vivió, pero ella se despierta preguntando si esta vez la elección será su amiga.
Sí, esta mujer que ama bonito.
Existe además una paradoja especialmente triste. Algunas personas que han experimentado carencia emocional se vuelven extraordinariamente buenas proporcionando aquello que ellas mismas necesitaron.
Detectamos silencios, recordamos detalles, cuidamos con el fervor de quien no necesita dormir ni reposar. Esperamos, perdonamos, comprendemos, nos quedamos.
Existimos personas cuyas heridas nos han hecho extraordinariamente perceptivas a las necesidades ajenas, extremadamente pacientes, empáticas y flexibles y permanecemos demasiado tiempo esperando que amar bonito consiga finalmente que alguien se quede.
Así puede nacer la ecuación terrible de pensar que, si amamos con todo y le pedimos préstamos a la vida para amar incluso mejor, algún día seremos elegidas.
Nos olvidamos que el amor no es una audición.
Esta mujer y sus hermanas no deberíamos pasar años demostrando que merecemos el papel de compañera en una historia que ya estamos viviendo.
Y entonces llega el momento más cruel.
Ella todavía lo quiere, quizás él también, pero él no logra abandonar la cercanía con lo añejo, con el maltrato, porque le da miedo no pertenecer a lo bonito. Esta mujer que lo deslumbra y deja sin aliento, esta mujer que lo introduce a espirales de donde sale mejor, le espanta los demonios que han comido de su corazón y lo han convencido de que nada bueno se ajusta a su vida.
Justo cuando esta mujer ya no sobrevive a otro después.
¿Cómo abandonar al hombre que es de quien no quieres irte?
¿Cómo cerrar una puerta esperando secretamente escuchar pasos detrás de ti?
¿Cómo recoger tus cosas, cuando cada objeto parece decirte que ésta era la vida que querías, con él?
Ahí aparece esta forma brutal del amor que es comprender que amar a alguien no siempre significa poder quedarse.
La elección de sí misma, la única que sí puede escoger.
Comprender que ella también necesita experimentar todo aquello que continuamente está otorgando porque no hay nada malo o incorrecto en sus formas. Esta es posiblemente la verdad más difícil de aceptar.
Esta mujer y sus hermanas nunca han sido demasiado. Tampoco, insuficientes.
La premisa equivocada es que, si un hombre no nos escoge, no es por haber encontrado algo defectuoso en nosotras.
La investigación contemporánea ofrece una posibilidad mucho menos romántica, pero más humana: además de atractivo, compasión o competencia, la compatibilidad constituye una dimensión diferenciada de la elección de pareja, particularmente relevante en relaciones a largo plazo.
Ser extraordinaria y ser la persona adecuada para alguien no son sinónimos. Que alguien no pueda construir una vida contigo tampoco demuestra que otra mujer sea superior.
El corazón no confecciona rankings. Por eso algunas de las despedidas más dolorosas no contienen rabia, aunque te empañen la vista y no veas el camino por donde conduces.
Esta mujer no busca castigar ni desea que otra mujer lo destruya para que comprenda cuánto valía ella.
No quiere verlo arrepentido dentro de una semana o veinte años. A esta mujer le queda poco tiempo viva, de todas maneras, y quiere algo muchísimo más triste: quería que hubiera sido él.
Porque esta mujer quería quedarse, ser testigo del éxito que sin duda se le debe, quería despertarse a su lado riendo, hacerle desayuno, hacer un asado a orillas de un río, saltar a la piscina en la parcela que construirían en la punta del cerro, seguir conociendo las expresiones de su rostro según sus emociones, empaparse de la adoración de esos ojos oscuros cuando le decía te quiero.
No quería discutir sobre quién olvidó comprar leche, menos de las cuentas porque todo estaría pagado. Quería acompañarlo al médico, conocer todas las versiones que los años todavía no han hecho de él. Quería una fotografía, sobre la mesa, que mostrara la evolución amorosa de sus vidas y que nadie pudiera saber de la vez en que estuvieron a punto de perderse.
Esta mujer no quería ganar, porque sabe que su aplomo y estatura tienen más valor que lo que a él rodea.
Quería una vida.
Con él.
Pero existe una dignidad profundamente dolorosa en comprender que no podemos pasar nuestra existencia esperando que alguien decida, incluso con todo lo que hemos traído, escogernos.
Entonces, esta mujer recoge lo que queda de su corazón.
Para marcharse.
No por amarlo menos. Sino porque finalmente comprende que el amor que siempre quiso contenía algo que había olvidado exigir, por esa costumbre imbécil de no pedir ni esperar nada: certeza.
Esta mujer, subiéndose a su auto, cierra la puerta y grita fuerte cuando ya no lo ve por el retrovisor. Entiende por fin la tragedia completa de su historia.
Ha pasado toda su vida preguntándose por qué nadie la eligió. Por qué nadie le pidió quedarse y entonces empezó esa involuntaria vida nómada de ser globo sin cuerda. La mujer sin amor, flotando como cáscara de nuez hasta aterrizar y ser pisada por apurados transeúntes descuidados.
Así se enmascaró de fuerte. Se hizo independiente, arregló los muros, cambió neumáticos, aprendió a disparar, a cargar a sus hijos con una mano y cocinar con la otra. Aprendió de celibato, a llorar enterrada en la almohada, a contar las monedas, para no pedir prestado.
Ya sabes, las estrategias comunes de quien vive, pero para encargarse de los catálogos fúnebres de las muertes que le van pasando por encima y por dentro, siendo la empaquetadora de regalos ajenos, la que es huésped e invitada, no anfitriona de casamientos. La que hace tantos años no recibe ni una flor.
Aprendió, pero nunca a dejar de amar, incluso después de que le hubiera costado tanto. Tanto.
Y cuando finalmente encontró al hombre junto al cual habría querido dejar de ser fuerte, tuvo que volver a serlo una última vez, antagónica a sí misma, cubierta de besos de él, muriendo porque la apretara contra su pecho y al olerla, tuviera claridad.
Tal vez él la quiso. Tal vez es verdad que mucho.
Pero ella ya había pasado demasiados años siendo el casi, el quizás, el todavía no sé de alguien. Cuando escuchó que la ex había vuelto a compartir el techo, para ayudarle, sabiendo que la distancia geográfica entre ambas casas hacía de la historia una burla cruel, entendió. Ese cuento es una puerta giratoria. Él sí tenía espacios, pero no para esta mujer.
Por lo que tuvo que elegirse ella misma.
Esta mujer se alejaba del hombre con quien se habría quedado y deseó con cada parte rota de su corazón escuchar su voz detrás de ella confesando que sí la había elegido.
Pero aceleró. Se perdió en algunas calles oscuras y desconocidas y lloró hasta que la nariz ardía por dentro y los ojos se desbordaron. No hubo hambre, ni sed, ni historia antes de él cuando llego a su casa. Se miró al espejo, despeinada y oliendo a mayonesa casera y a su saliva. Vio las marcas de esas manos que la abrazaron más fuerte que todas las veces que compartieron: huellas pequeñas en su cuerpo descompuesto por los años y la violencia, por el cáncer y los infartos, por el trabajo y los embarazos, por la penuria de ser su propia compañera.
Pensaba, esta mujer, con los ojos preñados de todo aquello que constituye el abandono, que elegir no significa encontrar a la mejor mujer del mundo, sino mirar a esta mujer entre millones, conocer sus cicatrices, sus traumas, sus miedos y sus años y saber que existen otras más jóvenes, más hermosas, más fáciles o simplemente diferentes y aun así decirle que es a ella, con todo lo que es, a ella a quien elige.
Porque quizás una de las necesidades más hondas del amor es poder descansar, finalmente, en la certeza de no tener que demostrar nada más y solo ser. Honestamente ser.
Pero el ejercicio de la soledad ha hecho de esta mujer y sus hermanas, el gimnasio favorito para las sesiones que nunca acaban. Así, esta mujer y todas ellas aprenden a vivir solas, viviendo bien, hasta que ningún hombre sabe cuál podría ser su lugar en estas vidas completas y autosuficientes.
En esta vida donde esta mujer ha debido rescatarse y re-unirse con ella misma hasta conseguir ser de una altura casi inalcanzable para lo regular y promedio.
Algunos relatos sobre relaciones contemporáneas describen precisamente esta percepción: mujeres educadas, independientes, exitosas y atractivas que sienten que aquello que despierta admiración también puede generar distancia o intimidación en determinados hombres. Casi todos los hombres.
Lo digo con cuidado: esto no constituye una regla científica sobre los hombres, pero como experiencia relatada por algunas mujeres, merece una pregunta mucho más interesante: qué puede un hombre ofrecerle a una mujer que, sin necesitarlo, lo ha elegido?
Desconocen, estos hombres, que estas mujeres lo han visto completos y defectuosos hermosos y heridos, en pobreza y lastimosos, sin ignorar las vicisitudes y han apostado por aquella fuerza que vive en su interior.
Se requiere ser coloso para encajar, con precisión, en la forma alucinante de esta mujer que, por estar acostumbrada a sostenerse sola, puede transmitir involuntariamente una fortaleza que esconde su parte más vulnerable que es -te confío un secreto- la más grande que tiene.
Así es como sigue perdiendo las elecciones desde la infancia, porque es desde entonces que para esta mujer nadie llegó.
¿Habría sido más fácil amarla si hubiera sido menos? ¿Si no me hubiera levantado ni escapado de las fauces de todos los lobos que hicieron, de mi párvula piel, una colección de retratos lúgubres y sórdidos para colgar en las paredes de su memoria?
¿Debí hacerme pequeña, mostrar mi inmensa fragilidad, para que alguien pudiera sentirse grande a mi lado?
Esta mujer, aunque lo suplica a Dios, sabe que él no llegará de sorpresa, con flores y besos a enmedar. Sabe que para ella no suceden las cosas bonitas que ella sí va ofrendando. Ha quedado inválida en el alma, congelada en su cama, olor a ayer porque no quiere limpiarse de los últimos vestigios de esos brazos morenos sobre su piel. Esta mujer espera que ustedes, mis hermanas, sepan que mientras escribe esto, son amadas.
Esta mujer elige continuar amando bonito, cuando cese el llanto. Continuará dejando todo más bonito que antes de que ella pasará.
