Durante más de cincuenta años, los habitantes de Quintero y Puchuncaví han vivido respirando el precio del progreso. Lo que alguna vez se presentó como el motor industrial del país, terminó convirtiéndose en una herida abierta que Chile ha preferido ignorar: una zona donde el aire, el suelo y los cuerpos se contaminaron al mismo ritmo que las promesas de sus gobernantes se desvanecían.
Por Manuel Pizarro Pérez
Desde los primeros humos de la fundición Ventanas hasta los episodios de intoxicación masiva de los últimos años, la historia se ha repetido con una crueldad insoportable. Niños desmayados en las aulas, escuelas evacuadas, familias enteras corriendo a los hospitales con el mismo miedo de siempre: que el aire vuelva a enfermar a sus hijos. En esta bahía del veneno, la infancia se ha vuelto sinónimo de vulnerabilidad.
Michelle Bachelet prometió justicia ambiental. Sebastián Piñera habló de “planes de descontaminación”. Gabriel Boric anunció el fin de las “zonas de sacrificio”. Pero en Quintero y Puchuncaví, el humo sigue siendo el mismo. Las empresas continúan operando bajo un modelo que prioriza la producción sobre la salud, amparadas por normativas blandas y sanciones que nunca llegan. Cada gobierno ha administrado la tragedia, pero ninguno la ha detenido.
Mientras tanto, cientos de familias se han visto obligadas a abandonar sus hogares para proteger a sus hijos, buscando aire limpio más allá de la bahía. Otras, las más pobres, han debido quedarse, atrapadas entre el trabajo y la enfermedad. Viven con la resignación de ver hospitales llenos de niños intoxicados, como si fuera parte natural de su entorno. La contaminación dejó de ser noticia; se volvió costumbre.
En los cementerios de la zona, las cruces se multiplican con nombres de hombres y mujeres que murieron de cáncer, perdiendo la capacidad de asombro y normalizando esta enfermedad, de causas que rara vez fueron investigadas con la seriedad que merecen. Son los costos humanos del desarrollo mal entendido, de la indiferencia estatal y de una impunidad empresarial que ha durado generaciones.
Quintero y Puchuncaví son el espejo más duro del país: un territorio donde el Estado falló, donde la economía se impuso sobre la vida, y donde la política —de todos los colores— ha preferido mirar hacia otro lado. Porque en Chile, parece que aún es más fácil cambiar un discurso que limpiar el aire.
